19 febrero 2009

Trotes matutinos


La última vez hablé de como puede ser una noche entre semana en Japón; ahora voy a hablar de las mañanas. Pero de las mañanas auténticas, de esas en las que el gallo se acaba de despertar.

Últimamente me ha dado por irme a correr bastante temprano, a eso de las 6 (milagrosamente, llevo cuatro días seguidos haciéndolo). A esas horas comienza a salir el sol y apatece más hacer footing que por la noche, después de trabajar. Pero el motivo principal que me animaba a correr tan pronto era el supuesto de que, tan temprano, tendría más espacio en las aceras para correr tranquilamente y no tener que ir esquivando transeúntes. Craso error. En Iidabashi, a las 6 y pico ves gente paseando al perro, comprando en las tiendas 24h, comiendo fideos en locales sospechosos y obviamente, algunos hasta van a trabajar y todo. No hay tanta gente como a otras horas, obviamente, pero la sensación de que la ciudad está viva no la pierdes en ningún momento. Esto no deja de sorprenderme, al igual que me sorprendió ver a un vecino que entraba en el portal en el mismo momento en que yo salía a correr (recordemos, 6 AM). ¿De dónde vendría?

Lo mejor del caso es que me he encontrado a más personas haciendo footing a esas horas, así que he podido constatar que no soy el único que está mal de la cabeza.

29 enero 2009

Paseos nocturnos



Últimamente la cosa está bastante tranquila. Entre semana poco hay que contar ya que fuera de mi horario de oficina no da tiempo a hacer demasiado, aunque algún día que otro hay excepciones. De éstas creo que merece la pena contar la pateada que nos dimos una noche (después de una cena que acabó a las 11 y pico) desde Shinjuku hasta Iidabashi, recorrido que si sigues una calle recta (la Ôkubo dori) puedes completar en media hora. Pero no, nosotros decidimos imitar el camino que siguió nuestro taxi el día que llegamos, y obviamente el paseo duró casi dos horas y media, dimos más vueltas que una peonza. Se hicieron las tantas y bueno, a pesar del cansancio la experiencia nos sirvió para verificar lo siguiente:

1) En Tokio se ahorra mucho en tendido eléctrico. Se aprovecha sobremanera las luces de los comercios, edificios de oficinas y paneles luminosos publicitarios. Si sales de determinadas zonas, ni se molestan siquiera en poner farolas, por lo que hay ciertas calles que mejor entrar con mechero o con la lucecita del móvil encendida para poder guiarte. Además, la luz de las farolas es flojísima en según qué calles.

2) Hay taxis a tutiplén. Una vez pasa el shûden, el último tren, los únicos coches que ves circular son taxis. Y no pocos, precisamente. Se ven hileras por todas partes, lo cual contrasta muchísimo con la poca gente que camina por las calles. La competencia es feroz.

3) Quedan tiendas abiertas, y hay gente dentro. No solo las tiendas de comida y revistas 24 horas, sino alguna que otra librería donde hay japoneses leyendo de gorra aunque sea la 1 y pico de la madrugada de un martes. Tiene guasa que haya tiendas que reciban clientes de madrugada cuando los restaurantes que abren toda la noche están más vacíos que mi estómago a esas horas.

Más cositas dentro de poco.

19 enero 2009

Visita al Yasukuni


El domingo nos dedicamos a patear el área de Iidabashi y Suidobashi. El maratón acabó en el templo Yasukuni, una especie de Valle de los Caídos japonés (en su interior están numerosas tumbas de los que lucharon por Japón tras la revolución Meiji, y al igual que el mausoleo de Franco, resulta triste y frío). Se hizo famoso por las visitas o "provocaciones" del ex ministro Koizumi en las que honraba a los héroes de Japón, con los consiguientes cabreos de chinos, coreanos y en definitiva cualquier país que sufriera en sus carnes el imperialismo nipón de los últimos dos siglos. En fin, Yasukuni resultó algo decepcionante porque aparte del templo principal, un jardín japonés y un museo (Yûshûkan, ya lo comentaré aparte porque tiene mucha miga), el santuario en cuestión está a años luz de muchos otros que visitamos en el pasado. Por suerte, teníamos al lado el parque del Budôkan (megaestadio de artes marciales) y los jardines imperiales, por lo que hicimos un 3 X 1 que nos mantuvo entretenidos horas y horas.

17 enero 2009

En busca del visado perdido


La calle que veis aquí, con taxi japonés en primer plano incluido, es conocida entre los japoneses como "la cuesta de España", simplemente porque al final de ésta se encuentra la embajada española. Realmente la subidita no tiene nada especial que la haga merecedora de tal nombre si exceptuamos lo de la embajada. Se trata de una cuesta sosa como pocas, sin bares de tapas ni nada que se parezca. ¿Qué por qué no pongo foto de la embajada? Porque si la cuesta es sosa, la embajada ni os cuento.

Fue en la embajada donde comenzaron las locas aventuras de Patri y Luis para conseguir un visado de trabajo. El funcionario dijo que, en efecto, ellos poco podían hacer ante un asunto de tamañas dimensiones y que lo que teníamos que hacer era ir a la oficina de inmigración del distrito de Shinagawa, a la que nos desplazaremos este lunes y que promete ser un episodio apasionante. Lo único que se salvó de la mañana, pues, fue el paseo por Roppongi (mítico barrio empresarial), que por suerte está sembrado de paradas de metro llenas de mapas por si te pierdes, algo bastante probable si tu sentido de la orientación es tan nulo como el mío.

16 enero 2009

Se acabaron los cuchitriles


Ya estamos instalados. Y del nuevo piso no me sacarán ni a punta de escopeta, porque es una pasada. Es mucho más grande de lo que pensábamos (no puedo dar medidas porque la casa tiene una forma rara, pero el salón-dormitorio es el doble de amplio de lo que se ve en la foto). La cocina está en una habitación aparte y es la mitad de espaciosa que el salón, más o menos, es una maravilla). El pisete está a nivel del suelo, tiene una habitación solo para el retrete, (modelo nave espacial), y un baño muy ganso. El señor de la empresa que nos enseñó el piso dijo que a él mismo le gustaría vivir aquí, así que no diré más. Que alguien que lleva en Tokio más años que Godzilla diga eso tiene peso suficiente como para que no me explaye más. Ya podéis imaginar lo emocionados que estamos. La verdad es que aún no me lo creo.